(Extraído de Antología de la literatura norteamericana de Neal Pollack)
En la primavera de 1983, el Sarah Lawrence College me pidió que pronunciara un discurso ante sus estudiantes de último curso. Aquel fin de semana ya me había comprometido a hablar en otras tres ceremonias de graduación, pero accedí porque me ofrecieron varios miles de dólares y una generosa provisión de ron y analgésicos. Trabajé por lo menos una hora en el discurso, pero no se me ocurrió ni un solo sentimiento original. De modo que me presenté allí y me puse hablar. Lo que salió espontáneamente fue de una brillantez que casi desborda la imaginación. Es el siguiente texto.
Tal vez creáis que tiene que ser fácil para mí, un graduado de la Ivy League y novelista publicado que tiene un empleo bien remunerado en una importante cadena de televisión, encontrar el amor de verdad. Pero no lo es. He buscado en todas partes – Chicago, San Francisco, Seattle, París, Roma y, de vez en cuando, incluso Brooklyn- a la única mujer capaz de comprender del todo mi mezcla única de inteligencia melancólica y benignos pero simpáticos tics neuróticos. A esa mujer también deberían gustarle los gatos, porque tengo siete, y tendría que mimarlos mucho.
Pero no ha surgido nada; no he encontrado el amor ni nadie con quien compartir mi vida.
En lugar de ello, todo lo que he encontrado ha sido sexo y nada más que sexo. Me he acostado con quinientas mujeres, tal vez más, pero desde luego no menos. Allá donde voy, sea cual sea la ocasión, siempre termino haciéndomelo con alguna mujer. Suelen ser guapas, inteligentes, encantadoras y sofisticadas. Por lo general me encuentran sexy. Cada uno goza de las curvas del cuerpo del otro. Siempre follamos como mandriles.
Pero nunca nos enamoramos.
Anoche sin ir más lejos, estaba en una fiesta que organizó el director de una destacada editorial, que da la casualidad de que es un buen amigo mío. Yo no llevaba allí ni cinco minutos cuando entablé conversación con una poetisa galardonada y alta ejecutiva que es además directora de un festival de música folclórica de su país natal, Perú. ¡Cómo no, al cabo de una hora estábamos follando!
Esta mañana he vuelto hacia ella y le he dicho:
-¿Crees que… podríamos enamorarnos?
-El amor es para los tontos –me ha dicho ella-
¡Embísteme otra vez, semental cachondo! ¡Embísteme todo el día!
Mi dieta de placer sexual sin trabas cada día es menos nutritiva. A veces caigo en depresiones que no tienen curación, ni siquiera con enormes dosis de Valium. Cuando estoy trabajando digamos que en Turquía, y las mujeres de Estambul se lanzan como cohetes sobre mí, quiero gritar: “¡Por favor, dejadme tranquilo!”. Pero no lo hago, y no tardo en verme atrapado de nuevo en el foso de cuchillos que hombres más ingenuos llaman “el catre”. A veces solo el exiguo y efímero sueño de que algún día me enamoraré me impide despedirme de esta desgraciada y angustiada espiral mortal de sexo.
Estoy cansado de que me hagan proposiciones deshonestas en los aviones. No sabría decir cuántas veces me he visto obligado a tener relaciones sexuales ilícitas en lavabos públicos. Uno se cansa de tener a una cantante de ópera restregándose contra su cara mientras una artista conceptual lo succiona con fuerza entre las piernas. Pierde el encanto.
¡Basta de sexo! ¡Basta de felaciones! ¿Me oís gente del mundo? ¡Ya no quiero follar más! Solo quiero vuestro amor. ¡Queredme, maldita sea, queredme! ¡Amor, amor, amor! ¡Gente del mundo, oíd mi grito! ¡Ya no soy vuestro caballito de madera!